viernes, 8 de febrero de 2013

POESÍA QUE TRANSFORMA

El viernes pasado debatimos si la poesía es capaz de transformar. Este viernes compartimos unos poemas que nos han tocado y quizás transformado.



También leemos textos de Yadira Vidal (poesía) y Mark Vender (cuento).





  Mark Vender, nuestro director estuvo de cumpleaños. Muy reconocida su labor. Se prepara para el próximo ciclo: el de cuento. Ya tiene un buen texto del viejo Cortazar. Felicitaciones.
 En vez de los poemas que transforman, leimos los poemas que estremecen. Aquí...una muestra:

Fin y principio
Wislawa Szymborska (Premio Nobel 1996)

Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas.
digo yo.

Alguien debe echar los escombros a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.

Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.

Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro.
Alguien poner un cristal en la ventana
y la puerta en sus goznes.

Eso de fotogénico tiene poco
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya a otra guerra.
A reconstruir puentes, “escuelas”
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedaran hechas jirones
de tanto arremangarse.

Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
 


 Yadira Vidal nos leyó varios de sus poemas y un cuento corto.

Geografía
Por tus montañas y llanuras
Entre  laderas y colinas,
por oscuros rincones
Por senderos estrechos
 Amiga mía, compañera mía he caminado
Penetrando  tus  valles recorrí tu centro,
Me interné en tu alma, 
Me posé en tu ser, atravesando tus corrientes,
Toqué tus ríos, dormí en tu vientre
Y nací de nuevo.
Mark leyó su cuento: El lado oscuro del sol...
algunos apartes del texto:
Las cosas empezaron a ponerse bonitas en la panadería. Compré dos buñuelos de la señora afuera en la ceja. Ella siempre tenía una sonrisa simpática, pero hoy lucía tan hermosa, tan joven… estaba transformada. El sol brillaba en mis ojos y cuando parpadeé, vi aparecer, entre destellos, la misma señora de siempre, cuarentona, con su delantal grasoso.
  
Cansancio, pensé. Claro, había trabajado hasta las cuatro de la mañana.

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